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Hay paisajes que parecen existir antes de ser contemplados. El mar, oscuro y frío, al pie de los acantilados; la niebla deslizándose entre los árboles, el viento inclinando las gramíneas hasta hacerlas parecer una sola criatura en movimiento.

Allí, donde la tierra termina y comienza el Atlántico, Ailanto se inspira en La mujer del teniente francés. No para reproducirla, sino para mirarla de nuevo. El paisaje convertido en materia: el azul profundo del mar, los verdes húmedos de la costa, los ocres apagados, las flores que el viento desprende y lleva consigo.

La seda con la ligereza de la niebla; el terciopelo, con la profundidad del agua. Y entre las olas, figuras que podrían pertenecer tanto a un sueño como a una memoria.

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